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Relajación y estrés: Parte I

El estrés es un hecho habitual en nuestras vidas. No puede evitarse, ya que cualquier cambio al que debamos adaptarnos representa estrés. Sin embargo, al pensar en hechos estresantes, siempre acuden a la mente sucesos negativos como daño, enfermedad o muerte de un ser querido, sin tener presente que un suceso positivo puede resultar igualmente estresante; así, cambiar de casa, ascender o descender en el trabajo trae consigo el estrés de un nuevo estatus y de nuevas responsabilidades. Incluso enamorarse puede representar, para algunas personas, el mismo grado de estrés que romper una relación de este tipo. Nuestras experiencias estresoras provienen de tres fuentes básicas: nuestro entorno, nuestro cuerpo y nuestros pensamientos. El entorno nos bombardea constantemente con demandas de adaptación, viéndonos obligados a soportar el ciclo, las aglomeraciones, las exigencias que representan
las relaciones interpersonales, los horarios rígidos, las normas de conducta y muchas otras amenazas a nuestra seguridad y autoestima.

La segunda fuente de estrés es fisiológica; los momentos difíciles que representa la adolescencia, el envejecimiento, la enfermedad, los accidentes las restricciones de la dieta, los trastornos de sueño, etc., todas son circunstancias que afectan al organismo. Las amenazas que provienen del ambiente también producen en nuestro cuerpo unos cambios que son estresantes por sí mismos. Así, nuestra forma de reaccionar ante los problemas, las demandas y los peligros viene determinada todavía por una actitud innata de "lucha o huida" heredada de nuestros antecesores más primitivos. Nuestros predecesores, a través de un proceso de selección natural, fueron transmitiendo todas aquellas características físicas que pudieran representar, en un mundo competitivo, globalizado y hostil, una ventaja sobre sus enemigos. 

Como resultado de este proceso, poseemos dentro de nuestro equilibrio bioquímico cerebral la tendencia innata a prepararnos para luchar o para huir siempre que nos sentimos amenazados. Cada vez que se emita una respuesta de este tipo, tiene lugar en nuestro organismo, de modo esquemático, los siguientes cambios: cuando los estímulos que nos llegan son interpretados como amenazantes, los centros de regulación dan al organismo la información que le conducirá a enfrentarse o a escapar de la amenaza.

Este proceso se traduce en una serie de cambios físicos observables, así, por ejemplo, las pupilas se agrandan para mejorar la visión y el oído se agudiza. Los músculos se tensan para responder al desafío, la sangre es bombeada hacia el cerebro para aumentar la llegada de oxígeno a las células y favorecer así los procesos mentales que están ocurriendo. Las frecuencias cardíaca y respiratoria aumentan, y como la sangre se desvía preferentemente hacia la cabeza y hacia el tronco, las extremidades, sobre todo las manos y los pies, se perciben fríos y sudorosos.

Si no se libera al organismo de estos cambios ocurridos durante la fase de reconocimiento y consideración de la amenaza, se entra en un estado de estrés crónico. Cuando uno se siente estresado y se añade aún más estrés, los centros reguladores del cerebro tienden a hipe reaccionar ocasionando desgaste físico, crisis de llanto y, potencialmente, depresión y muerte. Del mismo modo, se ha establecido ciertas relaciones entre estrés abuso y dependencia de alcohol y otras drogas.

Se ha encontrado igualmente relación entre el estrés y muchos otros padecimientos físicos tales como dolor de cabeza, úlcera péptica, artritis, colitis, diarrea, asma, arritmias cardíacas, problemas sexuales, trastornos circulatorios (manos y pies fríos), tensión muscular. La tercera fuente de estrés proviene de nuestros pensamientos. El modo de interpretar y catalogar nuestras experiencias y el modo de ver el futuro pueden servir tanto para relajarnos como para estresarnos. Por ejemplo, una mirada agria del jefe puede interpretarse como reprobatoria de nuestro trabajo y provocar, por tanto, ansiedad, o bien entenderse como un signo de cansancio y de preocupación por problemas de índole personal y no resultar motivo de temor. Pensar sobre los problemas produce tensión en el organismo, lo cual crea, a su vez, la sensación subjetiva de intranquilidad, que provoca pensamientos todavía más ansiosos, cerrándose de esta manera el círculo. 

No se puede escapar de todas las situaciones estresantes que hay en nuestra vida ni evitar completamente nuestra respuesta innata a las amenazas, pero sí podemos aprender a contrarrestar nuestras reacciones habituales al estrés, aprendiendo a relajarnos. Los distintos centros del cerebro que aceleran nuestros procesos bioquímicos cuando estamos en estado de alerta pueden, de igual modo, ser estimulados para que acontezcan dichos procesos.

Hemos visto cuál era la respuesta del organismo ante una amenaza; pues bien, la respuesta de relajación es su opuesta y es la que devuelve al organismo su estado natural de equilibrio. Así, las pupilas, el oído, la presión de la sangre, los latidos del corazón, la respiración y la circulación, vuelven a la normalidad y los músculos se relajan.

La respuesta de relajación tiene un efecto de recuperación y representa una tregua para el organismo a loas estímulos externos, evitando utilizar toda nuestra energía vital en reaccionar de forma excesiva ante tales estímulos, lo que nos llevaría a un punto en que nos veríamos desbordados por ellos. La relajación normaliza nuestros procesos físicos, mentales y emocionales. En el próximo artículo presentaremos la descripción gráfica del procedimiento y otras pautas básicas.

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Relajación y estrés: Parte II

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