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La Autoridad en la Casa


El significado del término autoridad ha sido tan cuestionado en las últimas décadas, que en la actualidad existe una gran confusión en tomo a la necesidad de su existencia y a las formas que debe adoptar. Así, es frecuente, y comprensible por otra parte, escuchar a los padres reflexiones como la siguiente: " a veces, en casa, trato de imponerme e implantar autoridad, pero luego tengo la sensación de que he sido demasiado duro; por el contrario, cuando no actúo de esa forma, pienso que soy demasiado blando; la verdad es que no sé qué hacer" Muchos padres desaprueban abiertamente la educación autoritaria que recibieron, y, para evitar que sus hijos pasen por las mismas, caen en la postura contraria, indudablemente legítima, pero novelesca, porque no tiene en cuenta la
psicología infantil. Frecuentemente, se piensa que dirigiéndose al pequeño con dulzura razonando con él, Se puede conseguir que haga lo que en un determinado momento debe hacer. Evidentemente, estos son requisitos imprescindibles pero insuficientes. El niño necesita que alguien le mande le oriente y le guíe. Si no existiera una persona que ejerciera tales funciones, la vida de los pequeños sería un caos. Ellos no tienen capacidad para distinguir entre lo que está bien o mal, ni para hacerse responsables de las consecuencias de sus actos. Cuando los padres adoptan una actitud en exceso permisiva, de "dejar hacer", las consecuencias negativas son inmediatas. De ahí a que el niño haga cuanto quiera, chille y se desgañite cuando sus padres le contradigan hay sólo un paso. Los hijos no pueden vivir al margen del sistema, siendo sus caprichos los que regulen la vida familiar. Es importante inculcarles desde pequeños el sentido del deber, de la responsabilidad y de la obligación. Deben saber que no pueden hacer todo cuanto desean y que existen unas normas mínimas que es imprescindible respetar. De lo contrario, la convivencia familiar se hará muy difícil, erigiéndose el niño en un pequeño dictador, que poco a poco se irá imponiendo a sus padres. Como una vez creada esta situación resulta muy costoso modificarla, es imprescindible que desde los primeros meses de vida se limiten con claridad las actividades y demandas infantiles. Por supuesto, claridad no es sinónimo de brutalidad, ni tampoco de rigidez o inflexibilidad. Una cosa es que no se complazcan todos los deseos del niño y otra que los padres le obliguen a obedecer de forma ciega todos sus mandatos.

La adquisición de hábitos
Todos nosotros hemos experimentado en nuestra vida cotidiana muchas conductas que, aprendidas durante la infancia, a fuerza de ser repetidas se han convertido en una costumbre o hábito. Este tipo de conductas son las más numerosas y sin ellas no podríamos desenvolvemos. Precisamente, por la importancia que tienen, parte de la educación de los hijos ha de ir encaminada a enseñarles los hábitos que les permitan actuar adecuadamente en su entorno.

¿Qué es un hábito?
Es una costumbre adquirida por repetición de una misma conducta. Para poder entender mejor su significado vamos a describir tres situaciones en las que se pone de manifiesto la ausencia de diversos tipos de hábitos. En la primera, la madre pide a la niña que le ayude a asear la casa. La hija, que generalmente es obediente, accede y limpia el polvo y luego dice: mamá, ya he terminado, ¿qué hago ahora?", En una segunda situación los niños están jugando con sus papeles y pinturas y cuando terminan no recogen nada, quedando todo esparcido por el suelo. Por último, imaginémonos a una madre atendiendo a una visita; en ese momento el niño viene de la calle interrumpe la conversación de los mayores. En estas tres conductas se pone de manifiesto la ausencia de hábitos. En la primera, faltan hábitos de autonomía, ya que la niña no tiene la suficiente capacidad de iniciativa para realizar algo por sí sola. En la segunda, se observa una omisión de hábitos de orden. Finalmente, en la tercera, se pone de manifiesto que el niño no sabe que en determinadas ocasiones tiene que postergar temporalmente sus deseos.

¿Por qué es importante enseñar hábitos a los pequeños?
La adquisición de buenos hábitos fundamental para el desarrollo personal y social del niño. Así, por ejemplo, para que el pequeño se adapte bien al medio escolar, previamente es necesario que haya adquirido hábitos como pueden ser el saber escuchar y atender a los demás, el obedecer las indicaciones de los mayores, etc.

¿Hay que preparar al niño para que adquiera un hábito?
Lo primero que hay que hacer es motivarle, es decir, crearle la necesidad, o al menos hacerle ver la conveniencia de adoptar las nuevas conductas propuestas. Se pueden alegar razones sociales, personales o de éxito para que vea las ventajas de realizar el aprendizaje deseado, Por ejemplo, si queremos motivar a un hijo para que ordene su habitación, le haremos ver cómo está mucho más bonita cuando las cosas se hallan en su sitio, y cómo el orden evita perder tiempo cuando se quiere localizar algo.

¿Los hábitos se aprenden por imitación?
Desde que el niño nace aprende la mayoría de las cosas por imitación de los mayores. Con los hábitos sucede lo mismo. Por eso, los adultos deben cuidar su forma de actuar delante de los pequeños, ya que éstos copiarán los que vean. Si queremos que nuestro hijo sea ordenado, el modo más efectivo de conseguirlo será manifestando nosotros mismos conductas de orden. Evidentemente, sería absurdo y contradictorio exigirle a un niño un comportamiento que sus padres no realizan. Pero, además, hay que tener en cuenta que para que estas conductas modelo surtan efecto deben efectuarse siempre: no basta, pues, con que se realicen una vez "a modo de ejemplo".

¿Cómo se consigue que una conducta esporádica se transforme en un hábito?
Para que la conducta que deseamos inculcar en el pequeño adquiera un carácter permanente hay que tener paciencia, ya que implica un proceso que requiere tiempo y un control por parte de los padres. Básicamente, se resume en 10 siguiente: siempre que el niño desarrolle el comportamiento deseado, hay que reforzarlo o premiarlo de algún modo. No debemos esperar a que 10 haga a la perfección para alabarle o hacérselo saber; basta con que haya modificado levemente su conducta en el sentido esperado para aplicar el refuerzo.

¿Con qué se puede reforzar la conducta de un niño?
Con premios, como ya comentamos antes. Pero, atención, premio no es sinónimo de regalo. Evidentemente, un juguete o una golosina son siempre bien recibidos por los pequeños, y en este sentido actúan como excelentes refuerzos; pero también hay otros modos de expresar nuestra aprobación. Una alabanza, un gesto cariñoso, una sonrisa o cualquier otra demostración de afecto son igualmente importantes y tienen la misma función gratificadora. Este segundo tipo de refuerzos son más aconsejables que los primeros.

¿Cómo hay que premiar los logros de los pequeños?
El refuerzo debe seguir inmediatamente a la acción que consideramos positiva y que queremos que el niño vuelva a realizar. Si ordena la habitación, aunque sea parcialmente, es interesante que la madre o el padre le reconozcan la labor efectuada mediante una alabanza o cualquier otra forma que demuestre su satisfacción. Los niños, al igual que las personas mayores, necesitan un estímulo externo y un reconocimiento del trabajo concluido. Ahora bien, la administración de premios debe variar según evolucione el pequeño. Si al principio se le gratifica Inmediatamente después de realizar la actividad deseada, poco a poco se hará conveniente ir demorando la recompensa. Por ejemplo, cuando a un niño de cinco años le prometemos un premio para el final del año escolar si se porta bien en el colegio, tal promesa apenas servirá para motivarle, ya que está planteada a muy largo plazo. A estas edades, los objetivos deben plantearse a corto plazo, ser muy concretos y premiarse inmediatamente después de conseguirlos. En cambio, a partir de los diez u once años, los pequeños ya son capaces de esforzarse por metas más remotas y la gratificación podrá demorarse incluso varios meses, sin perder su efectividad.

¿Debemos castigar a los niños?
El castigo es a lo último a lo que debemos recurrir para que el niño haga algo. Es mucho mejor utilizar métodos positivos, es decir, formas mediante las cuales conseguimos que el pequeño realice acciones de buen grado y no por el temor a una reprimenda. De todos modos, hay ocasiones en las que, una vez agotados otros recursos, el castigo aparece como el único medio de atajar una conducta negativa.

¿Qué inconvenientes tiene el castigo?
El castigo tiene un gran poder coercitivo sobre el pequeño, pero hay que tener en cuenta que en especial durante la primera infancia sólo funciona mientras está presente la persona que castiga, y probablemente en cuanto ésta se dé media vuelta el pequeño volverá a hacer lo mismo. Además, tiene bastantes desventajas fácilmente observables en la vida cotidiana. Muchas veces hemos castigado a nuestros hijos y no hemos conseguido lo que queríamos o lo hemos logrado después de mucho luchar, pero junto a ello se han producido una serie de conductas que no esperábamos y que nos desagradan. Una de las consecuencias negativas más frecuentes de la aplicación del castigo, que no conviene olvidar, es que provoca agresividad en el niño que lo padece. El niño experimentará un cierto resentimiento, aunque sea momentáneo, hacia el adulto, y como no puede desobedecer, seguramente elegirá una especie de victima sobre el que descargar su malestar. Muchas veces pegará a un hermano pequeño, encontrando de este modo una vía de escape a su agresividad. Puede suceder, asimismo, que si el pequeño es castigado con cierta frecuencia, saque la conclusión de que en casa no le quieren, lo que provocará en él sentimientos de angustia e inseguridad perjudiciales.

¿Cómo se debe castigar?
Cuando decidamos que no hay más remedio que castigar al niño, debemos hacerlo inmediatamente. Aplazarlo con frases como "ya verás cuando venga tu padre" es contraproducente, ya que para entonces es posible que se le haya olvidado la causa y viva la sanción como una agresión injustificada. Además, el castigo debe producirse siempre que se comete la falta. Si un mismo comportamiento unas veces se castiga y otras no, el pequeño no sabrá nunca cómo actuar. Si queremos que el castigo sirva para algo, es decir, que contribuya eficazmente a conseguir una modificación en la conducta del niño, no hay que quedarse en la simple reprimenda o en la prohibición. Es muy importante explicar al niño por qué se le castiga; lo que para nosotros resulta evidente (no conviene que nuestro hijo insulte a los vecinos) puede que para él no lo sea tanto. Por eso, habrá que explicarle los motivos que hacen criticable su acción y que justifican nuestra reacción. De este modo, sabrá exactamente qué no debe hacer y evitaremos que sienta que le tenemos manía o "la hemos tomado con él". Por último, al niño se le debe ofrecer siempre una salida, un camino correcto por el que pueda conseguir lo que busca por las malas. Por ejemplo, si le hemos sorprendido robando dinero y decidimos castigarle, deberemos ofrecerle además la posibilidad de ganarlo haciendo cualquier tipo de actividad o "servicio" en el hogar.

¿Quién debe tener la autoridad en casa?
La autoridad debe ser ejercida y compartida por ambos cónyuges. Con frecuencia, uno de los dos, generalmente el padre, es el encargado de poner límites a las actuaciones de los hijos, quedando el otro relegado a un segundo plano. Este reparto de papeles no es aconsejable ni para los padres ni para los hijos. Los niños necesitan ver en sus progenitores -en los dos- figuras de autoridad capaces de darles, además de comprensión, ayuda y afecto, una dirección, una guía y un punto de referencia. A este respecto, resaltamos lo importante que es que ambos se pongan de acuerdo y asuman la educación que quieren transmitir a sus hijos; ya que si, por ejemplo, uno de los dos censura una determinada conducta y el otro va detrás quitándole importancia, la reprimenda no servirá de nada y, lo que es más grave, desacreditará la autoridad de uno de los cónyuges. 

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