Agresividad en los niños


Se ha comprobado la existencia de un impulso agresivo básico, presente en todas las especies animales, directamente relacionado con el instinto de auto conservación. Esta agresividad no sólo se manifiesta en la agresión hostil contra algo, sino también en toda actividad exploración y actitud de estar frente algo; en suma, toda actividad de intercambio activo con el medio supone cierta dosis de agresividad.

En el ser humano también está presente en su doble vertiente de estar contra y frente a algo o alguien. La segunda forma elaborada a partir de la primera se encuentra en la base de toda conducta dinámica activa, de investigación, incursión y conquista del medio que se vive, ya sea éste familiar, escolar social o laboral. La primera aparece de modo rudimentario desde los primeros momentos de la vida y constituye el origen, entre otras cosas, de los sentimientos de culpa, de tanta trascendencia para la estructuración y desarrollo de la personalidad.
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¿Cómo surge la agresividad? Los sentimientos e impulsos agresivos constituyen una reacción normal contra el malestar, la incomodidad, la sensación de peligro y la frustración. Cuando el lactante siente una necesidad imperiosa (hambre, sed, frío, etc.) y el entorno tarda en satisfacerle, se generan en él fuertes sentimientos agresivos contra la fuente de su displacer. Esta agresividad, difusa en un principio, se va concretando, conforme el niño crece, contra un objeto exterior (la mamá "mala" que no viene), diferente en el rudimentario psiquismo infantil de otro objeto recordado (la mamá "buena" que viene). Poco a poco, ambas imágenes quedan integradas en una sola; la madre, que satisface y frustra y a la que se quiere y se odia a la vez. A partir de este momento en torno a los ocho meses de vida este diálogo de amor y odio dirigido a las mismas personas presidirá todas las relaciones del niño con los demás.

¿Y los sentimientos de culpa? Como ya hemos visto, la agresividad aparece en las primeras relaciones del lactante con el mundo que le rodea; ante la imposibilidad de hacerlo de otro modo, el bebé descarga sus sentimientos hostiles en forma de fantasías de destrucción.

Pero como para él no existe aún diferencia alguna entre su mundo interno y el externo, entre la fantasía y la acción real, cada vez que se generan en él este tipo de sentimientos llega a percibir que realmente ha dañado a las personas que en otros momentos amaba y de las que depende para sobrevivir. Y entonces precisamente aparecen los sentimientos de culpa. Del difícil equilibrio entre el odio, la culpa, el amor y la reparación dependerán en el futuro la estructuración y el desarrollo de su personalidad.

¿Cómo manifiestan la agresividad los niños? Depende de los recursos de que dispongan. Al principio la descargan en el terreno de las fantasías, como ya hemos comentado, por lo que no es en absoluto observable. A medida que sus posibilidades motoras son mayores, la hostilidad

Se irá haciendo manifiesta y aparecerán las rabietas, golpes, gritos, mordiscos, pataletas, etc. Cuando el niño domine el lenguaje, este tipo de manifestaciones irán cediendo paso a las verbales. Conviene tener en cuenta, además, que hay otra forma de manifestar la agresividad, menos espectacular pero igualmente efectiva (si no más, a juzgar por la irritación que produce en los padres), consistente en llevar la contraria Y enfrentarse a los deseos paternos. Así, pueden mostrar su hostilidad negándose a comer, a dormir, rechazando las manifestaciones afectivas, bloqueando sus deseos de agradar o incluso enfermando, "para no ser ese niño sano que todos desean". No obstante, señalamos al respecto que estas últimas manifestaciones no suelen ser voluntarias sino que responden a sentimientos inconscientes que el pequeño no reconoce ni puede controlar; cuando se niega a comer es porque realmente no tiene hambre, no por una voluntad consciente de frustrar a la madre.

Como elegir una carrera profesional

Como elegir una carrera profesional, por esto se utiliza la orientación o consejo profesional a la ayuda prestada a un individuo para resolver problemas referentes a la elección de una profesión o al progreso de ella, teniendo en cuenta las características del que consulta y la relación entre éstas y las posibilidades de empleo. Pretende una doble finalidad: la satisfacción personal del sujeto y el mayor rendimiento de su futuro trabajo para la sociedad. Aunque se llama consejo, realmente lo que se da no es tal, sino una interacción entre el orientador y el consultante, con el fin de que éste descubra su vocación y dirija sus pasos hacia la consecución de un empleo determinado o hacia una formación específica. No hay que olvidar que es el propio sujeto quien habrá de vivir con las consecuencias de su decisión. Para poder realmente orientar, es preciso conocer las aptitudes, intereses y rasgos de personalidad de quien requiere el consejo, así como saber las ocupaciones, las posibilidades de formación y la situación del mercado de trabajo (relación entre la oferta y la demanda). 
Así pues, la orientación no se realiza sólo en función del individuo, ya que si en determinada ocupación se prevén grandes cambios tecnológicos o está saturado el mercado de trabajo, dirigir los estudios hacia esa profesión sería perjudicial tanto para el sujeto como para la sociedad. El hombre necesita realizarse en su trabajo de cada día, por lo que debe identificarse con su profesión y, en lo posible, satisfacer en ella sus intereses, tendencias y aspiraciones. 

Para que alguien realice bien un trabajo, las exigencias de éste deben coincidir o al menos aproximarse a las aptitudes y características generales de quien tenga que desempeñarlo. La tarea del orientador es, en este sentido, buscar, para cada persona, la ocupación en que pueda rendir más y sentirse satisfecha y realizada. Una tarea que, por ejemplo, requiera un nivel alto de inteligencia puede originar una importante sensación de frustración al que la desempeña si no alcanza tal nivel; por el contrario, una persona muy capacitada en un trabajo poco exigente puede acabar encontrándolo rutinario y poco estimulante. 

¿Quién debe realizar la orientación profesional? Como ya hemos dicho, la orientación ha de tener en cuenta tanto las características del trabajo como las aptitudes, intereses y personalidad del evaluado.  Es por tanto, el psicólogo especializado en sicología industrial o laboral quien debe realizar esta tarea, ya que conoce los dos aspectos antes citados. Para el orientador existe un principio básico: toda persona es importante y todo trabajo lícito, con independencia de su prestigio social. Por lo tanto, el único criterio que le servirá a la hora de aconsejar a quien le consulte será el de la adecuación actividad persona, al margen de que dicha actividad sea más o menos valorada por el entorno social, más o menos prestigiosa o más o menos remunerada. El orientador debe ayudar al sujeto a enfrentarse con la realidad, por lo que no ocultará ningún dato, aunque sea difícilmente aceptable por el sujeto o su familia. 

¿Cuándo consultar? Siempre que haya que enfrentarse a un cambio de actividad laboral y no se disponga de los suficientes datos como para decidir con conocimiento de causa. Por lo general, los momentos clave para acudir al orientador son aquellos en los que hay que decidir si se sigue la formación académica o no, tras superar los estudios básicos, en los que se busca el primer empleo y en los que se desea cambiar de trabajo por motivos tecnológicos o de edad o como consecuencia de una modificación de los intereses. Un caso especial lo constituyen las personas con problemas específicos ya que requieren mayor ayuda que las demás. 

¿Cómo debe realizarse la orientación profesional? Completando los datos procedentes de la evaluación de las distintas áreas. El proceso de orientación suele constar de varias fases: recogida de datos (por medio de entrevista o de cuestionario), examen psicotécnico (inteligencia, aptitudes generales y especiales, intereses, personalidad, pruebas profesionales), examen médico y consejo. El consejo o fase final del proceso consiste en una o varias entrevistas en las que se realiza la síntesis de los datos recogidos y se tratan las necesidades de formación, mercado de trabajo y profesiones. 

Las Aptitudes 

Respecto a las aptitudes, cabe decir que durante mucho tiempo se ha apreciado exclusivamente la inteligencia, sin tener en cuenta que muchas veces no son las personas más inteligentes las que mejor se adaptan a determinados tipos de trabajo, como ocurre con ciertos puestos de la industria para los que resulta fundamental tener unas capacidades muy específicas. 

La medición profunda de las aptitudes del sujeto es indispensable para realizar un correcto consejo orientador, ya que ello permite conocer el nivel mental actual de la persona y sus posibilidades de desarrollo, su facilidad de aprendizaje, los conocimientos que posee, etc. Cuando la persona que desea el consejo ya tiene una formación, se puede determinar su nivel mediante una prueba de trabajo (réplica de trabajo) o contestando a un cuestionario de conocimientos profesionales. Si un sujeto tiene al menos un nivel mínimo de capacidad en las diversas áreas requeridas para una ocupación determinada, sus probabilidades de éxito dependerán de su personalidad y de factores motivacionales. 

Personalidad e Intereses 

Las otras áreas estudiadas son la personalidad y los intereses. Para el desempeño de muchas profesiones sólo es necesario que los rasgos de personalidad estén dentro de la normalidad. Una persona equilibrada puede adaptarse a casi todos los puestos de trabajo y alcanzar un ajuste emocional. Sin embargo, para algunos trabajos se deben poseer. Ciertos rasgos característicos (iniciativa, capacidad de liderazgo, etc.) que serán tanto más importantes cuanto más lo sea el puesto al que se aspira.  El interés es la tendencia a prestar atención a ciertos objetos y a orientarse hacia ciertas actividades. Los intereses son el resultado de' la interacción de factores personales, por una parte, y de las experiencias y posibilidades ofrecidas por el ambiente y las aprobaciones recibidas, por la otra. 

¿Cómo se aprecian los intereses? Por medio de cuestionarios en los que el sujeto expresa su preferencia o aversión hacia una gran variedad de actividades. Los cuestionarios de intereses se empezaron a utilizar cuando se comprobó que las preguntas directas sobre el tema no eran fiables por dos razones: escasa información que la mayoría de las personas posee sobre las diferentes profesiones o tipos de actividades y los numerosos estereotipos, bastante alejados de la realidad, que de ciertas profesiones de gran aceptación social se manejan. 

¿Qué otros aspectos debe tener en cuenta el orientador?  Aparte de lo ya comentado, el orientador debe tratar de captar todas las posibles influencias que estén determinando la elección o supuesta vocación del consultante (presiones familiares, deseo de los padres proyectado en él, valoraciones sociales, etc.) y advertirle de ellas para hacer posible una toma de decisión objetiva.

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Mi hijo se come las uñas

Con este término nos referimos al hábito que tienen ciertos niños de morderse constantemente las uñas. Lo más frecuente es que esta costumbre comience en tomo a los seis años, se acentúe durante la adolescencia, para luego ir disminuyendo.


¿Por qué se muerden las uñas los niños?
En ciertos casos es por imitación; observan a algún compañero con este hábito y lo realizan. Pero, por lo general, el morderse las uñas es para el niño un modo de descargar una tensión y ansiedad latente. Suelen ser niños nerviosas, inquietas y con poca capacidad para centrar su atención en una actividad.

¿Cómo perder el hábito? 
Se ha comprobado que de nada sirven los castigos y reprimendas, ni tampoco untarle en las uñas algún producto que sepa mal. Por lo general, el hábito desaparece por sí solo conforme el niño va evolucionando y resolviendo los problemas que le originaban el estado de tensión.

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¿Qué es la Enuresis?

Normas y reglas familiares

Todo grupo humano está regulado por una serie de pautas de acción que constituyen el conjunto de sus propias normas internas. Estas tienen la finalidad de regular el comportamiento de cada uno de los miembros y hacerlo compatible con el de todos los demás. Las normas del grupo definen las formas de actuar que se consideran deseables para cada situación y, simultáneamente, todas aquellas que no se admitirían en caso de producirse. Dentro de la familia existen también estas normas y es de suma importancia que estén suficientemente claras para todos los componentes, a fin de lograr vivencia sana y cordial. 


Aunque los métodos que se utilizan para transmitirlas entre los distintos miembros y diversos, básicamente podemos que van desde la explicación clara eta de la norma en cuestión hasta la presión o castigo de los actos que radican dicha norma, con la finalidad que ésta sea entendida aun a pesar de no haber sido nunca formulada. Es de destacar a este respecto que en a buena parte de la comunicación familiar hay un intento implícito de marcar una determinada forma de ser o actuar deseada por el hablante, la cual o siempre es la mejor desde el punto de vista del otro interlocutor. Este fenómeno puede originar discusiones de carácter reactivo, donde lo que se cuestiona no es el contenido real de las palabras, sino ese otro mensaje implícito por el que uno de los miembros de la familia intenta dirigir los actos del otro. 

¿Qué es una regla familiar? Las reglas familiares se podrían describir como acuerdos internos que limitan los comportamientos individuales de cada miembro en una amplia gama de áreas de actuación, organizando sus relaciones en un sistema razonablemente estable. Hay, por tanto, un acuerdo, aunque en muchas ocasiones no haya sido formal verbalmente, lo cual implica que dentro de la familia todos saben lo que tienen que hacer para mantener el equilibrio y la cohesión familiar. Tal sería el caso de la mujer que rechaza un trabajo muy ventajoso económica y profesionalmente, pero que implica realizar viajes ocasionales, aduciendo que a su familia no le gustaría. Para ella, como para el grupo familiar, está muy claro que la madre debe permanecer en casa, aunque nunca se haya planteado ésta posibilidad. Las reglas y normas familiares son de importancia para facilitar la convivencia familiar. Si no existieran, los miembros de la familia no sabrían cómo actuar en cada momento o por qué se producen determinadas reacciones en los demás y se crearía un estado de desorganización y caos in terno que acabaría deshaciendo el grupo. Se observa con frecuencia que muchos de los conflictos que padecen los matrimonios jóvenes o parejas que acaban de iniciar su vida en común se deben a la confusión que provoca la ausencia de normas. Ante este vacío, cada uno tiende a mantener las reglas de sus concernientes familias y tras probar que son incompatibles, se suele intentar que el otro acepte las propias, abandonando las de origen, lo que generalmente no se consigue. La solución a estos problemas vendrá cuando la experiencia común haya posibilitado la creación de normas nuevas que organicen la convivencia y se ajusten a las necesidades propias de la nueva pareja. 

¿Todas las reglas son iguales? No son distintas en cuanto al contenido y forma en que se crean, mantienen y presentan dentro de la familia. Respecto al contenido, cada familia desarrolla las suyas propias, llegando a constituirse un modo peculiar de actuar y de vivir, diferente al de otros hogares. Respecto a la forma que presentan hemos de decir que cada miembro de la familia aporta sus propios deseos conscientes e inconscientes como base de las futuras reglas de forma que, una vez constituidas éstas, unas serán fácilmente identificables Y podrán transmitirse verbalmente mientras que otras, quizá la mayoría, no lo sean tanto, permaneciendo desconocidas incluso para el que las aplica, y siendo identificadas por los demás de manera instintiva. Con el fin de aclarar todo lo anteriormente dicho, vamos a distinguir a continuación tres tipos de reglas: las reconocidas, las implícitas y las secretas. 

¿Qué se entiende por reglas reconocidas o explicitas? Son las que se han establecido de forma directa y clara. Se comunican verbalmente desde el comienzo de la vida en común o, en el caso de los hijos, cuando éstos son lo suficientemente mayores. 

¿Qué es y cómo funciona una regla implícita? Son la mayoría de las existentes en cualquier familia. No se han hecho explícitas, bien por ser excesivamente simples que se consideran obvios o bien, por el contrario, por referirse a temas lo suficientemente complicados y comprometidos como para resultar más cómodo el no tratarlos. Se trata de funcionamientos implícitos acerca de los cuales a veces se llega a decir que no es necesario hablar. Este tipo de reglas crean a menudo graves conflictos familiares, ya que, al ocuparse de temas cuyos contenidos no se llegan a afrontar nunca, dan pie para que cada miembro de la familia actúe según su interpretación personal o incluso trasgreda una regla sin explicación previa. 

¿En qué se diferencia una regla implícita de una secreta? Las reglas secretas se presentan en un nivel mucho más oculto que las implícitas. Forman parte de aquel apartado de la personalidad que cada uno desconoce de sí mismo. No es fácil llegar a reconocerlas y hay que descubrirlas como por sorpresa. Son modos de obrar con los que una parte del sistema familiar bloquea las acciones de los demás miembros; en 
ocasiones se trata de actos, muchas veces incontrolados por la persona que los protagoniza, que tienden a desencadenar en las otras actitudes deseadas. Estas reglas son las causantes de las situaciones de mayor dolor y desestabilidad familiar, ya que provocan estados de gran ansiedad que impiden plantear las situaciones conflictivas con la necesaria objetividad.

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Celos entre hermanos


En el proceso de formación de la personalidad del niño, ejercen su influencia, directa o indirectamente, todas las personas que conviven o se relacionen en mayor o menor grado con él. En este sentido, el hecho de que en la familia existan o no otros-hermanos, cobra una especial importancia. Como podremos ver más adelante, la personalidad de un niño adquiere características peculiares según si es hijo único, si tiene otros hermanos, según el lugar que ocupe entre ellos y si los hermanos son del mismo sexo o de sexos distintos.

Si bien los padres representan el primer modelo social para el niño, la convivencia con otros hermanos le permite experimentar de un modo práctico las primeras relaciones sociales. Entre hermanos le suelen aparecer las primeras vivencias contradictorias que surgen del mismo afecto que le ejercen. Los celos, las discusiones y las peleas entre hermanos no son más que un intento de confirmar su identidad dentro del grupo, y que ellos se encuentran dispuestos de hacer causa común para defenderse. La actuación de ambos padres debe estar destinada a que exista el  mayor equilibrio posible y convivencia entre los hermanos, procurando primero tratarlos de forma igualitaria sin preferencias por nadie.  


Cuando se quiere a los hijos por igual, cuando se les comprende y ayuda de acuerdo a las necesidades de cada uno, cuando de ser justo e imparcial,  se está haciendo  todo lo necesario para que entre los hermanos existan unas relaciones presididas por el amor fraterno, lo cual no evita que a menudo se desaten tempestades tan intensas como pasajeras.

Al analizar la crisis de celos, como alteración del comportamiento, creemos conveniente insistir en la necesidad de tomar las medidas adecuadas para prevenir las crisis de celos a través de actitudes naturales y afectuosas. Cuando surgen los celos entre hermanos, debe estudiarse atentamente la actitud de cada uno de ellos para llegar a conocer en profundidad sus auténticos sentimientos, pues a partir de crisis de celos no superadas pueden persistir resentimientos que se manifestarán de algún modo en la edad adulta.

Para que entre los hermanos exista un correcto equilibrio emocional, es necesario que exterioricen sus rivalidades.  Este es el modo de poder comprobarlos verdaderos sentimientos cada hijo, lo cual permitirá adoptar modos de conducta buenos para todos.  Una postura única para todos  no siempre  es buena, ya que no todos los hijos están  necesitando el mismo trato. Es más normal y mejor hacer diferencias siempre y cuando estén justificadas por un razonamiento y no por un tema afectivo.  

Si los padres favorecen  a alguno de sus hijos porque prefieren a los demás, los otros hijos se sentirán perjudicados. Desde este  punto de vista, actuar justamente para cada hijo resulta francamente difícil, porque los niños tienen necesidades afectivas distintas, pero ante los conflictos que puedan surgir de este hecho, lo más efectivo serán siempre las explicaciones y el diálogo franco y abierto.
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